Y es que veo la fotografía y me toca una nostalgia que no sé de dónde sale, porque ni siquiera la vi entrar; verle los ojos negros, las pupilas enormes, la frente frenética y las cicatrices en la cara. Uno y otro flash bombardeando, la sonrisa maldita de la sinceridad y la petulancia.
Tender a idealizar al muerto, termina la historia y comienza la leyenda, memorias del llanto derrotado en un balcón y un sillón de una casa en la que antes se dejó curtida la perversión mas hermosa, obscura, honesta y noble. No volver a guardarte el frontal entre la boca, la mano y la clavícula, no volver a compartir eso jamás. Perdón por todo.
No se puede salvar a otro si nunca te has salvado a tí mismo, es cosa de metodologías… con la tendencia a solo recoger perros atropellados y de ahí tomar la muestra de datos, elaborar tablas de medias en las conductas y sus estadísticas. Durante el análisis de la literatura, te das cuenta que no puedes sacar del hoyo a alguien si no te has aplicado esa metodología, y seguramente la formulación de tus hipótesis respecto a SUS problemas serán incorrectas por simples errores en interpretación de datos. Las serendipias suceden, pero la base de tus razonamientos no deben de ser algunos eventos al azar o momentos de lucidez.
Aceptar que respondemos a necesidades fisiológicas y no ontológicas como la ruta perfecta de la brutalidad. Antologar el olvido como método de suicidio. Hacer la taxonomía de los amores olvidados, los propios, los muy míos y otros registros inútiles.
El malvado hábito de besar a los muertos, insisto. Por que él ya no existe así como lo guardas. Besar, ofrecer el delicado repliegue musculocutáneo, los mecanoreceptores mas sagrados y sublimes entregados a un cuerpo sin vida, lleno de larvas y degradadores que lo reintegran a la tierra donde fue enterrado. El sabor de los anélidos y coleópteros, el sabor a podrido; ese lo notas cuando pasa el tiempo y te arrepientes de haber estado tanto tiempo ahí llenándote la boca de gusanos.
Cabe agregar que las lesiones labiales sangran mucho, por la profusa irrigación venosa y los derrames son desperdiciados.
Hablando de besos: Un cholo me besó el hombro “a rais” en la fila de la farmacia, y ese ha sido el momento mas angustiante de todo el mes, tuve que recurrir a la práctica infalible de hacerme wey, como camuflaje para que mis intestinos no se vaciaran del terror. Hasta hubo segundos que dudé que en realidad hubiera sucedido semejante acto de… intromisión, o yo no sé como decirle. Basta ver el mediocre uniforme color salmón de las empleadas como para imaginar las piltrafas que tienen por policías en ese lugar como para pedir ayuda. No vuelvo a ir a comprar crema para mis tacos después de las once de la noche.
Efes de Fin.