Ya brinqué tres veces hacia atrás al amanecer y me tomé un té de ruda con vodka, ya enlisté y antologue mis malas apuestas para enfrascarlas, ahora solo queda esa zozobra que deja la decepción.
Dos minutos después del mal trago, estaba por ahí el chico de la bici, con el escenario reflejado en los lentes: “La única que se siente mal eres tú, por que tú lo elegiste” me dijo, y tenía razón.
No se puede hacer nada en contra de las malas decisiones, independientemente del hecho que un maestro salga con sus alumnas siempre será un síntoma de fracaso emocional absoluto porque, y sí, tengo que sacarlo, necesitar o provecharse de la admiración y abrazarse a su inocencia parece como un acto de inconsciencia supremo, o de una vileza que desmoraliza. Y lo sé porque, sí, me tocó a mí, cuando todavía creía que el amor se vendía en bolsita y con popote… pasó tiempo y casi diez años después, solo noté como el señor de entonces lleva años entregándose a la adolescencia con quién sabe que objetivo. De ahí la decepción ahora. Como sea, ya ni importa.
No dejo la manía de esperar que todo siempre termine bien, de encontrar momento de claridad para hablar y cerrar círculos, de necesitar ver a las personas a las que les dí el culo y sentir que fueron buenas historias de vida, y que al final será bueno tener alguien con quien echar un trago con la confianza que se engranó en algún momento, por que por algo nos elegimos el uno al otro.
Meh, a fin de cuentas es un gran momento, si, donde leer a P significa lo mismo que verlo, donde verlo se vuelve un suceso indecifrable, pero del mismo sarcasmo. Y lo espero y veo a lo lejos, ese macho y noble, hombre grande y brillante, que cada que me abraza me quiebra las costillas… no le puedo pedir más, solo que venga a ponerle nombre a mis chichis, porque para quererlo mas el corazón tendría que morder a los pulmones para tener espacio. Así de cursi.
Una araña recorre desesperada el techo desde que llegué y prendí la luz, desde acá le veo los queliceros amenazantes y hambrientos; ya terminé de leer el libro amarillo de Barthes, que grande es.
Es todo, ya se me acabó el vodka y el retorcijón de lo que no fue.





